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Atardecer en un día agitado

  • 24 abr 2020
  • 2 Min. de lectura

Por Juan Francisco Pisano


Y estoy sentado en la cornisa debatiendo entre hacerlo o no hacerlo. Levanto la cabeza y veo altos edificios llenos de gente desesperada como yo. Personas sin esperanza. Sin sueños, que viven una vida llena de consumo y obligaciones. Detrás de los edificios, logro ver la ciudad. Unos pocos árboles tapando lo grisáceo de las calles. Los autómatas caminan como si estuvieran programados. El sol, similar a mi persona, no aguanta más al cielo, y decide escaparse por el horizonte.

-El atardecer de un día agitado.-Eso decía la radio. Decía porque ahora está dividida en quién sabe cuántos pedazos. Pero la gente ni lo notó. Siguió caminando. Así son.

El borde de este edificio tiene 20 centímetros. El equilibrio justo para tener que estar atento pero no caerse en el intento. Mi madre decía que la vida estaba llena de sorpresas. Es verdad. En lo que miro a la derecha veo un pájaro anaranjado apoyado en la que era ahora mi cornisa. Tenía una expresión sórdida en su cara, como quien no tiene más pensamientos que el de dejar de existir. El ave, presumiendo sus bellas plumas del color del sol, gira su cabeza y me mira. Yo también lo miro. Me voy a acercar cuando sale volando. No hay caso. No estaba destinado nuestro encuentro. Curiosamente su vuelo se dirige hacia mi antigua radio. La vista no me permite ver qué pasa después. Olvide mis anteojos adentro. Pienso en el ave y lo envidio. Quien pudiera tener semejante determinación. Yo no. O al menos eso pienso.

Me paro en la cornisa y me asomo para intentar ver los restos del animal pero no hay caso. Me asomo demasiado. Hay otras intenciones pero mis piernas, más racionales, se echan atrás. Hacerlo o no hacerlo. Ser o no ser robot más. Ser feliz, o no ser en absoluto. Me decido. Decido hacer como el pájaro y saltar hacia mi libertad. De un brinco bajo de la cornisa, camino los pasos necesarios hasta llegar a la puerta, bajo las escaleras y entro en el piso de mi empresa. Todos me miran extraño. Paso por mi oficina y agarró mi maletín. Me voy a ir. Antes me despido de mis compañeros. Rosa siempre fue amable conmigo, aunque un poco condescendiente. Entro al cuarto más grande de todos. El se encontraba allí. Sentado en su sillón de una plaza, mi jefe me mira y me pregunta si había tomado las pastillas. Es un estímulo. La respuesta es clara. Abro mi maletín en su escritorio y antes de que pueda responderme, un cartucho de plata atraviesa su pecho y lo expulsa por el gran ventanal. Sigo yo, como el ave que sigue la radio, y salto. Es verdad. Fue un día agitado.

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