Después del horror
- 2 dic 2021
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 9 oct 2024

El sol estaba en lo más alto cuando me dí cuenta de que los había perdido, y por primera vez en dos semanas - o quizá en dos años, desde ‘la precuela oscura’ - me sentí bien. Sin embargo, mi felicidad no duró mucho, pues mis pies no aguantaron el peso de mi cuerpo y me hicieron caer de rodillas al suelo empedrado. Maldije al mundo y me pregunté por qué tenía que sufrir tanto, conteniendo las ganas de llorar; estaba cansado de correr, me dolía todo el cuerpo y ni siquiera sentía mis extremidades. Y, para colmo, me impresioné cuando vi el suelo teñido de gotas de mi propia sangre que se deslizaban por el pavimento. Por ese segundo, me aparté de mis principios y deseé haber sido yo uno de los demonizados, en vez de mi mamá y mis abuelos.
Tosí roncamente 5 o 6 veces, recordando que tenía asma (o al menos eso pensé durante toda mi vida) y me puse de pie con dificultad. Miré a mi alrededor y me dí cuenta de que conocía muy bien la galería abierta en donde me encontraba; antes de que se llevaran a papá, solía comprar ropa allí con él. No voy a negar que sentí un poco de nostalgia al ver los negocios abandonados y las vitrinas llenas de fisuras. Eso me hizo pensar que todo fue en vano: mi participación en las clases virtuales del año pasado, las 12 horas por día estudiando y completando trabajos, los casi tres años de esfuerzo que le había dedicado a mi novela. Y tal vez, el “fin del mundo” que retrataban en las películas, estaba ocurriendo en ese mismo momento.
El sonido de unas pisadas detrás de mí me apartó de mis pensamientos: me volteé y ví a un señor pelado de mediana edad que se acercaba deprisa, con una sonrisa en su rostro.
Despavorido, eché a correr lo más rápido que pude. El señor aceleró el paso intentando alcanzarme, pero yo sabía que, incluso en las condiciones en las que estaba, mi edad me jugaba a favor y, por lo tanto, me movía mucho más rápido.
Cuando la galería llegaba a su fin, giré a la derecha y me interné en un pasillo angosto y oscuro. Sin embargo, me detuve al ver que más adelante se encontraba un hombre más joven que el otro. No me fue difícil adivinar que también tenía intenciones de atraparme. Quise volver sobre mis pasos, pero el señor pelado ya había llegado al corredor y reía a unos metros de mí; “¡Oh, vaya!”, pensé, “estoy rodeado”.
Los dos hombres extendieron sus brazos para agarrarme, pero yo me agaché. En ese momento, milagrosamente, noté la escalera de metal verde que se extendía frente a mí. Me dirigí hacia ella y comencé a subirla con lo poco que me quedaba de energía, porque de eso dependía mi vida.
Al llegar al primer piso, me animé al advertir que estaba lleno de locales desocupados de todo tipo, desde puestos de revistas y librerías, hasta jugueterías y un gigante patio de juegos: a los demonizados les resultaría más difícil encontrarme allí. Seguramente empezarían buscándome en el patio de juegos, de modo que corrí por la galería hasta el último comercio: un inmundo Starbucks con luces titilantes. Ingresé a la cafetería por una ventana rota y, haciendo el menor ruido posible, me escondí detrás del mostrador.
Suspiré sosegado, pero enseguida me sobresalté cuando ví a una muchacha sentada al lado mío, con un teléfono móvil en su mano.
- Disculpá… No quise asustarte. Yo también me estoy escondiendo - se apresuró a justificar guardando el celular en su bolsillo - Soy Circe - sonrió. Aunque al principio vacilé, luego supe que debía confiar en ella, ya que los dos estábamos pasando por lo mismo. Circe era morocha, gozaba de pelo corto y, deduje, sólo tendría un par de años más que yo.
- Soy Tomi. - le dije estrechándole la mano. Nos dimos un apretón y proseguí a preguntarle:
- ¿Qué estás haciendo acá? ¿Dónde está tu familia?
Ella se mordió los labios y agitó su cabeza, dando a entender que no quería tener esa conversación.
- Uy, lo lamento. A mi papá también se lo llevaron a los campos de trabajo. Bueno, ya sabés, les está pasando a todos.
Ella miró al techo con lágrimas en los ojos.
- No, no se los llevaron… Ellos… - Circe respiró profundamente.
- ¿Los convirtieron en demonizados? - inquirí.
- Así es. - masculló - Tuve que huir de casa; cuando los activaron, querían atraparme y llevarme a los campos… ¡olvidando que era su propia hija! - protestó - En fin, supongo que así es la vida… - afirmó encogiéndose de hombros, pero yo sentí lástima por ella: aunque no quisiera admitirlo, sabía que estaba muy triste. - Y bueno… Ahora yo hago las preguntas - rió Circe dirigiéndose a mí - ¿A dónde estás yendo? No me vas a decir que estuviste vagando de un lado para otro durante estas dos semanas, sólo pensando en que no te atraparan.
Yo fruncí el ceño, confundido.
- ¿Cómo? ¿No recibiste la señal intracerebral?
- ¿Qué? ¿Qué es eso? - ella parecía no saber de lo que hablaba.
- ¡Qué raro! ¿Cómo no te llegó? - me sorprendí y suspiré - Un grupo de científicos creó una señal especial que sólo nos llega a los supervivientes de Buenos Aires. Resumiendo, su propuesta es que nos dirijamos al submarino que va a zarpar mañana al atardecer en San Isidro. Ya sabés: los demonizados colmaron las rutas aéreas, terrestres y las superficies de ríos y océanos; pero en las profundidades va a ser imposible que nos descubran. La idea es que viajemos a una diminuta isla en el océano atlántico, donde se van a juntar los supervivientes de todo el mundo. ¡Podés venir conmigo si querés! Eso sí… ¡Tenemos que apurarnos para poder llegar a tiempo!
- ¿Y cómo sabés que no fue uno de los demonizados que te engañó? - preguntó Circe perpleja.
- Sí, yo desconfié al principio. Pero después empezó a plantear razonamientos que sólo alguien no inmunizado podría decir. - le expliqué.
Ella suspiró y se puso de pie sonriendo.
- ¿Qué hacés? ¿Estás segura de que se fueron?
- Bueno… Fue un placer, Tomi. - me agradeció con un tono burlón, mientras yo la miraba extrañado. - Ey, ¡chicos! ¡Vengan a ver lo que encontré! ¡Ah! Y después tenemos que patrullar San Isidro: al parecer, algunos papanatas están planeando un plan ultrasecreto - rió. Antes de que yo pudiera reaccionar, las dos personas que me venían persiguiendo llegaron corriendo y me agarraron de los brazos.
- ¡No! ¡Sueltenme! - grité desesperado. Intente pegar mis pies al suelo, pero fue en vano: los hombres ya me arrastraban por el pasillo, llevándome hacia la escalera de metal.
Me sentí terrible, no sólo porque sabía el destino que me deparaba, sino también porque había perjudicado a toda la humanidad y obligado a trabajar en condiciones precarias a quien sabe cuántas personas, tirando por la borda mi dignidad.
Maldije al mundo nuevamente, preguntándome por qué tenía que sufrir tanto, y deseé que nadie se hubiera dado esa maldita vacuna.
Tomy Helman

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