El suéter de perlas
- 9 oct 2024
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Tomás Barcala Quinti
Caminaba por el empedrado casi liso de las veredas. Paseaba por los arrabales de la ciudad mientras veía los suaves retoños perfumados que comenzaban a brotar de la incipiente primavera y sentía el cálido aire que acariciaba sus mejillas. Veía secarse al sol los últimos charcos de rocío que se habían formado entre los adoquines gastados, mientras desandaba el angosto sendero blanquecino que dejaba la luz.
Era una avenida reducida en autos, pero recorrida por gentíos que iban y venían sin motivo aparente. Serios rostros con miradas fijas caminaban rígidos, abnegados por las calles blancuzcas que negras solían ser. Hombres con trajes grises se deslizaban velozmente mirando concentrados al suelo con notables expresiones de preocupación, madres vestidas de amarillo, porque allí se vestían de amarillo, y con tristes ojos acompañaban a sus hijos de la mano con un suave caminar; jóvenes iban por delante con una mueca de desagrado en sus labios. Un rumor de hastío percibía en el ambiente, mas no lo sentía. Una espesa neblina de aburrimiento que la luz no podía disipar.
Un toldo rojo se destacaba de los edificios antiguos que deseaban imitar a sus habitantes: construcciones altas, de tejados negros y ventanas anchas, con molduras blancas de las que resaltaba una acogedora tienda moderna de grandes vidrieras.
Cuando finalmente pudo atravesar el reflejo de los cristales, vio expuesto un fino suéter rojo de perlas que llamó su atención. Lo veía con desagrado: le inquietaban sus delgados hilos que se hendían entre sí, se apuñalaban y teñían del escarlata de su sangre. Se salían. Erguidos y punzantes trataban de escapar, pero estaban apresados en sus orígenes, de los que les era imposible huir. Notaba los nudos ahogados debajo de esas redondas y opacas perlas brillantes bordadas sin orden alguno y que trataban disimular lo mal que combinaban, cómo se peleaban. Al igual que decenas de banderas blancas que intentaban encubrir las trágicas muertes de una guerra sin sentido.
Veía el reflejo de su inmóvil rostro, con una notoria mirada de repulsión, parada en la acera. Pensaba, su figura hipnotizada, viendo el primaveral suéter, que mucha gente habría osado llevarlo. Los, más raídos y blanquecinos, adoquines debajo de la inmaculada puerta del estrecho local habían confirmado su teoría.
Sus ojos no podían soltarse del rojo suéter de perlas colgado del maniquí. Lo seguía observando con un atrayente rechazo que ya se había extendido al resto de su expresión. Veía el recorrido de cada hebra que desembocaba violentamente en otra, lo analizaba tan detalladamente que por poco olvidaba el usual bullicio de la avenida; solo necesitó que desapareciera para recordarlo.
Notó que el sonido se había desvanecido y vio a su alrededor, el silencio fue lo único capaz de romper el trance. No había nadie más que su soledad. Ya no veía trajes grises, ni prendas amarillas con niños, ni más muecas de desagrado que la suya; tampoco los ocasionales autos que solían pasar. Sólo encontró el suéter. Los colores de las flores se atenuaron y el sol ya no marcaba su camino. Ya no veía a las aves cruzar el cielo, ni el batir de las palomas, tampoco las luces de las mariposas. Sólo escuchaba su andar sobre el empedrado.
Reanudó su paso lentamente, tanteando cada piedra en el camino y llamando una respuesta. Necesitaba que alguien, cualquiera, respondiera. Nadie. Caminaba, mirando cada ventana, cada balcón; pero todas las persianas, cerradas. Iba ya más rápido, miraba cada lugar, girando su cabeza hacia todos lados. No escuchaba nada, no veía a nadie, caminaba más rápido y mirando al frente.
Llegando hacia el fin de la calle tropezó con un adoquín levantado, mas no se detuvo. Siguió caminando y giró su cabeza para ver el pequeño obstáculo, aunque volvió y oyó algo doblar la esquina. Sintió un alivio que, violentamente, fue destruído por la mujer que acompañaba el sonido del caminar. Vio eso que pensó ya haber dejado atrás, vio cómo la mujer llevaba el suéter rojo de perlas. Ella se detuvo y juzgó su ropa con una expresión mortuoria, pero la ignoró y apuró su paso. Sentía cómo esa mirada aún lo penetraba.
Caminaba más rápido, escapando no sabía de qué. Sentía el crujir de las últimas hojas del invierno bajo sus pies. Una madre cruzaba la calle, pero no vestía de amarillo. La miraba de lejos y luego vio a la niña, en cuyo cuerpo el rojo tejido volvía para atormentarle. Se pararon en el medio de la calle a criticar su parecer, sentía cómo los filosos hilos laceraban su piel, cómo le herían a metros de distancia.
Ya no caminaba. Corría. Rápido seguía huyendo, sin mirar atrás: sentía terror de volver la vista. Dos jóvenes parados en la acera de enfrente también le observaban, veía sus perlas que le encandilaban; nublaron su vista, pero seguía corriendo. Volvió a ver y ahora dos ancianos sentados en un banco le juzgaban con la misma expresión de desprecio y el mismo suéter de perlas.
Corría cada vez más rápidamente, como si la muerte estuviera detrás suyo. Siguió escapando hasta que, repentinamente, no vio a nadie más. Las calles volvían a estar desiertas. Se detuvo y miró al horizonte, el silencio volvía. Sintió que podía descansar. Se calmaba y dejaba de pensar en él. Avanzaba tranquilamente, hasta que vió el frente relucir. El silencio se fue turbando, el ambiente comenzaba a cargarse nuevamente.
Miles de suéteres se le aproximaban. Esos hombres de trajes grises, las madres de amarillo, los adolescentes: todos le perseguían. Multitudes le acosaban y volvió a correr.
Daba desesperadas zancadas tratando de huir de las masas que sentía cada vez más cerca. Oía cada vez más fuerte los gritos de su horror, el retumbar del pavimento a cada uno de sus pasos. También los veía por delante. Las persianas se abrieron y saltaron de los balcones, cayeron de los tejados; se consumían por alcanzarle.
Veía otra vez sus hilos, comenzaba a sentir como trepaban espinosos por su cuerpo, le apresaban, le apretaban y asfixiaban. Con un gran ahogo, bajó su vista hacía sí, le encegueció, tropezó con el saltar de las piedras. Cayó y abandonó su realidad


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