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Humilde egoísta

  • 11 ago 2022
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 9 oct 2024



Típico sábado de Buenos Aires, música, alcohol y gente pasándose fluidos agudos producidos por el cuerpo una a otra. Yo no era la excepción, si no todo lo contrario, vivía de eso, de cada hombre mayor de 60, quienes me donaban una insignificante parte de sus ganancias con el fin de satisfacer sus necesidades y cumplir las fantasías más depravadas nunca antes vistas ante el ojo de la inocencia humana.

No me preocupaba de mi misma, sino de contemplar al cliente para tener recomendaciones y adelantar su regreso, al fin de cuentas, mucho más no podía hacer, no tenía techo, ni educación, ni nada que una chica de 20 debería tener, me tenía a mí misma, al sucio sueldo que producía y a mis frías y marchitas ganas de vivir.

Solía vivir con mi madre y mis 3 hermanas, 5 hembras fertiles y encarceladas en un refugio como si de gallinas en un corral se tratase. No había otra manera, era eso o pasar las frías noches sentadas en la tierra, esperando a que mi padre nos recoja y nos lleve con el a las nubes, donde descansa hace más de 10 años, mismo tiempo en el que llevábamos ahí. Nuestra pobreza se olía a kilómetros, así como la humedad que recorría por las paredes, invadiendo nuestros cuerpos y fulminando con todos los olores y fragancias que alguna vez rondaron por nuestros cuerpos.

Para la gente no éramos más que unas simples vagabundas, una plaga que debía desaparecer, unos cuerpos en descomposición los cuales seguirían pudriendose en las calles ya que nadie quería intoxicarse de gérmenes con el simple hecho de darnos la mano.

Estaba harta de todo, me encontraba cegada y sumergida en un mar de envidia hacia todas las personas que al vernos llenas de barro, delgadas como esqueletos y pálidas como esferas se burlaban de nosotras lanzando monedas de 1 peso, para luego largarse presumiendo entre ellas sus vestidos de marca, sus zapatos y carteras.

Odiaba a mi madre por no tener un trabajo más que pasear con una lata de atún por las calles, esperando con llenarla de papeles verdes, para después venir a la noche con simples monedas oxidadas. Odiaba a mis hermanas por no hacer nada más que seguirle la corriente y quedarse calladas, haciendo ayuno forzado, llorando a escondidas y finjiendo que todo está bien, cuando todos sabían la verdad de nuestras vidas.

Esa noche decidí que las noches de siesta parada sobre las piedras habían acabado, no me llevé nada, no quería ningún recuerdo de ese putrefacto lugar al que con mucha falsedad llamaba hogar, me marche, sin despedidas ni abrazos, sin palabras reproducidas y sin gotas de llanto derramadas, me fui y nunca volví.

Pero en ese típico sábado de Buenos Aires, en plena jornada, observe algo que nunca pensé ver, mi hermano, el mayor de todos, el separado al nacer debido a la inexperiencia y pobreza de mis padres, el que nunca conocí, el que solo podía ver en fotos o en mi mente a través de las palabras de mi madre, el se encontraba al frente mio, viéndome prender mi tranquilizante matutino.

Me miraba, lo miraba, parecía que el tiempo se había detenido por un segundo, como si un relámpago hubiera iluminado los tonos fríos y grises de aquel escenario, ambos comprendimos de que esto se trataba de una falsa coincidencia probablemente producía gracias a su progenitor y a mi padre, para luego correr uno hacia el otro abrazandonos para terminar derramando un poco más el río Guadalquivir por todo ese bar lleno de vidrios rotos y olor a crueldad.

Allí, en sus brazos color canela, comencé a pensar si lo que le hice a mi inocencia valió la pena, si mi oficio tiene un camino a un futuro favorable o todo lo contrario. Si el crimen de mi familia fue el ser humildes o el mío ser egoísta.


Ima León Cruz

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