La última sombra
- 9 oct 2024
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Las pesadas campanas de la catedral resonaban como un ominoso presagio, marcando el comienzo de otro día gris en la vida de Samuel Brackett. Su rostro curtido, siempre torcido en una mueca de disgusto, reflejaba su carácter agrio y malhumorado. El cielo cubierto de nubes oscuras prometía una jornada de lluvia incesante, como si la misma naturaleza compartiera su estado de ánimo.
Samuel se levantó de su cama de hierro forjado, cuyos crujidos parecían susurros de espíritus olvidados. Se vistió con su usual traje negro, cuyos bordes comenzaban a deshilacharse, y se dirigió al espejo. Allí, un hombre de rostro pálido y ojeras profundas le devolvió la mirada, el reflejo de una vida monótona y solitaria.
Bajó las escaleras de la vieja casa victoriana en la que vivía, cada escalón rechinando bajo su peso. La casa, oscura y silenciosa, parecía haberse detenido en el tiempo, con sus cortinas pesadas y muebles cubiertos de polvo. Al llegar a la cocina, se preparó una taza de té negro, su único consuelo en aquellas mañanas sombrías.
Samuel trabajaba como archivista en una biblioteca antigua, un lugar grande y laberíntico lleno de volúmenes olvidados. Sus compañeros, todos más jóvenes y llenos de vida, lo ignoraban, considerándolo una sombra más entre las estanterías. Esa mañana no fue diferente; nadie le dirigió una mirada, ni un saludo. Sin embargo, había algo inusual en el aire, una tensión que no lograba identificar.
El reloj de pared marcó las ocho en punto, y Samuel se dispuso a iniciar su rutina diaria de revisar y ordenar documentos. Mientras caminaba por los pasillos oscuros, escuchó fragmentos de conversaciones susurradas. Había un murmullo constante sobre un evento importante, algo que parecía unir a todos en una especie de complicidad silenciosa.
Samuel, siempre desconfiado, comenzó a sospechar. "Es mi cumpleaños," pensó con amargura. "Quizás planean una broma, o peor aún, una sorpresa." Aunque detestaba ambas ideas, no podía evitar sentir una pizca de curiosidad. A lo largo del día, notó que sus compañeros evitaban mirarlo directamente y hablaban en voz baja cuando él se acercaba. Susurros apenas audibles flotaban en el aire, llenándolo de incertidumbre.
El día transcurrió lentamente. Las horas parecían alargarse, cada minuto un eco vacío en la penumbra de la biblioteca. Samuel se encontró perdido en sus pensamientos, su mal humor habitual transformado en una inquietud creciente. Al final de la jornada, decidió seguir a sus compañeros, que salieron en grupo, hablando animadamente entre ellos.
Los siguió hasta las afueras de la ciudad, hacia el antiguo cementerio, donde los árboles desnudos y las lápidas cubiertas de musgo creaban un paisaje inquietante. Samuel se detuvo a una distancia prudente, observando cómo el grupo se reunía alrededor de una tumba reciente. Un sacerdote vestido de negro recitaba una oración, su voz apenas audible en el viento.
Samuel se acercó con cautela, su corazón latiendo con fuerza. A medida que avanzaba, un frío helado se apoderó de él. Los rostros de sus compañeros eran serios y solemnes. Finalmente, llegó lo suficientemente cerca como para leer la inscripción en la lápida.
Su nombre.
Samuel Brackett.
Sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. Aturdido, miró a su alrededor, buscando una explicación. La confusión y el terror se mezclaban en su mente, una desarmonía de pensamientos desordenados. Entonces, lo vio: su propio cuerpo, inerte en el ataúd, con el mismo traje negro que había vestido esa mañana.
Un grito silencioso se formó en su garganta, incapaz de salir. Las sombras se cerraron a su alrededor, la realidad desmoronándose en una espiral de pesadilla. Los rostros de sus compañeros se desdibujaron, convirtiéndose en espectros borrosos. En ese instante, Samuel comprendió la verdad que había estado evitando: estaba muerto. Había estado muerto todo el día, un espectro ignorado por los vivos.
El viento susurró a través de los árboles, llevando consigo los últimos vestigios de su existencia. Y así, en la penumbra del crepúsculo, Samuel Brackett desapareció, una sombra más perdida en el olvido eterno
Manuel Saccol Vives

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