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Las avenidas

  • 15 ago 2020
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 9 oct 2024


Si la noche caía sobre la “Ciudad de Las Avenidas''

uno podía ver como las luces de los negocios

comenzaban a decorar el ambiente

y la gente cansina se iba a dormir a sus casas.


Era allí, en esos momentos

cuando más fácil se me hacía encontrarte,

detrás de un estante arrastrando tu delantal

o marcando los libros de los cajones.

Yo fingía no conocerte muy bien

y vos me indicabas todo con los ojos.


Cuando cruzaba las avenidas

corriendo hacia casa

el sentimiento de muerte era inminente,

abandonar la calidez de tu tienda por el calor de los autos

me acercaba a un dolor yerto, abulico.

Te imaginaba detrás de los vidrios opacos

riéndote por las tipografías de los libros

mientras me moría.


A veces me perdía antes de poder llegar

y el local se escondía detrás de mis nervios

y de nombres difíciles.

El señor de la tienda de panchos

qué entendía el dolor de amar porque sí,

se quedaba un rato a mi lado,

contando historias sobre su hija Romina

a la que quería mucho pero no podía ver más

y cuando las tiendas comenzaban a cerrar,

nos íbamos juntos a los monoblocks desteñidos

que daban hacia calles más chicas.


Era gracioso el olor a comida que bañaba la ciudad,

un olor a grasa y sal que te irritaba los ojos

pero que no lograba saciar a nadie.

Tu tienda en cambio olía a hojas y mandarinas,

a plata y yeso.


Un dia que no estuve

me dijeron que la ciudad se paró,

y que todas las personas de las avenidas

se quedaron quietas

mirando hacia tu tienda.

Me dijeron que a la mañana siguiente

tus cosas ya no estaban

y la gata blanca que te solía acompañar

dormía sola en un coche.


Con el pasar de los años

te seguí encontrando en otras tiendas

con otros delantales

y rodeado de otros olores.

Pero recuerdo que en la “Ciudad de Las Avenidas”

crucé las calles amandote de una forma

en la que ya no te volví a amar.


Mora Maduri


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