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Mi vida de luz

  • 9 jul 2020
  • 10 Min. de lectura

Actualizado: 9 oct 2024

El que ha superado sus miedos será verdaderamente libre

-Aristóteles

La brisa.

La suave brisa que recorre mi jardín levanta las hojas caídas del enorme árbol que tanto me gusta apreciar, y las sostiene delicadamente mientras danzan por el aire. Me encanta mirar hacia afuera, sentirme como esas hojas. Libre, liviana, danzando en el aire junto a ellas. Agradezco que Hans haya construido este ventanal tan amplio, con un delgado y transparente cristal que me separa del exterior.

Me gusta perderme en mi jardín, recordar todo eso que solía ser verde y que el otoño ha corrompido para transformar en ocres, marrones y anaranjados igual de hermosos. Recuesto la cabeza entre mis manos y puedo sentir todos mis pensamientos alejándose de este aquí y ahora para adentrarse en mi pasado, ese que significa tanto y que tan lleno está de emociones que me rebalsa.

Aprovecho el momento. Tomo la pluma y cuaderno que había dejado junto al teléfono el día anterior:

Yo soy feliz.

Wilma Schüetterle. Ese es mi nombre. Wilma es el nombre de origen sajón con el que mis padres decidieron llamarme días después de mi nacimiento. Significa protegida por su voluntad, es un nombre fuerte y me parece hermoso. Nací en Alemania en el año 1928, en un pueblito cercano a la ciudad de Leipzig, Sajonia, cual una vez fue el centro y el corazón del país. Allí el paisaje era tan diferente. Llanuras por doquier, una zona agrícola e industrial y un sol que rara vez salía de su escondite en las nubes para mostrarse enorme y cálido.

Soy la mayor de tres hermanas, Gisela y Rosalinde. Rosalinde, la más pequeña, nació en 1935, año en el cual yo ingresé a primer grado en una escuelita rural de mi pueblo. Cuando mi madre podía, paseábamos por la plazoleta del pueblo, en donde mis hermanas y yo jugábamos durante horas, imaginándonos como aves libres mientras ella tejía. Ese era nuestro lugar feliz, nuestro pequeño e imaginario lugar feliz, en nuestro mundo de ignorancia, la inocente y tan preciada ignorancia que nos protegía de la crueldad de la guerra.

Al salir del colegio ayudaba en mi casa cultivando el pequeño huerto que podíamos mantener y jugando con mis pequeñas hermanas mientras mi madre cocinaba. Si podía, visitaba la biblioteca, situada a un par de cuadras de mi colegio, y tomaba unos cuantos libros que luego leía y repasaba en mi casa.

Mi madre había sido maestra en un jardín de niños, pero cuando nacieron mis hermanas dejó su trabajo y se dedicó plenamente a enseñarnos, cuidar de nosotras y de todas las tareas del hogar. A mi padre casi no lo veíamos: trabajaba en un pequeño taller en mi pueblo, que luego de 20 años de arduo trabajo había quedado en sus manos. Se levantaba antes que todos, preparaba su desayuno y se iba durante horas.

Luego de terminar la escuela primaria ingresé en un colegio secundario en la pequeña ciudad de Lutzen. Cada día tomaba la bicicleta y me despedía de mi familia temprano en la mañana para recorrer los 3 km que me separaban de este colegio.

Pero por más que me enfocara en lo académico para disipar la realidad, un pensamiento de huida se instaló en mi mente cuando perdí a mi mejor amiga: un mes después de que cumplí 15 años, se llevaron a Greta. Eso me marcó para siempre. Greta era solo una niña, tan inocente... había sido una de mis pocas amigas, la había querido más que a una hermana, y ella ya no estaba…

Yo solo… quisiera haber podido hacer algo… esconderla, refugiarla. Salvarla. Una herida en mi se abría al pensar en ella. En ella y en toda su familia, su hermana pequeña, tan solo 8 años… Masacres como aquella que eran llevadas a cabo a diario en este oscuro rincón del mundo que llamábamos hogar. Hogar de las muertes, hogar de las injusticias y de la intolerancia. Lágrimas silenciosas llenaron mis ojos porque pensar en eso me dolía, me hundía y me atemorizaba. Nada malo le sucedería a mi familia ¿verdad?

¿Por qué? ¿qué había hecho Greta? ya mis lágrimas bajaban sin control. Supongo que era algo que una joven de 15 años no entendería, la realidad era algo que yo no entendía, yo solo entendí que mi hermana del alma fue asesinada por intolerancia, por racismo, por odio y locura. Yo… tenía algunas de sus pertenencias en mi casa, las guardaba en mi pequeño armario y las atesoraba para mi, para sentirme cercana a ella.

Debo seguir escribiendo.

Al cumplir los 18 años comencé a trabajar en la sección comercial de una editorial. Lo hice durante dos años, hasta que decidí emigrar a la Argentina. Pero… ¿por qué? ¿por qué correr un riesgo tan grande, por qué dejar a mi familia y aventurarme en un mundo completamente desconocido y exótico, un mundo peligroso? ¿Por qué no resignar mi libertad? Eso no es riesgoso. No es agotador ni atemorizante. Eso no es... ¿vida? Y yo quería vivir. Yo quería mi libertad.

Recuerdo con lujo de detalles la tarde en la que decidí contarle a mis padres mi deseo, mi profunda necesidad y los riesgos que ésta implicaba. Estaba tan nerviosa que mis manos se habían adormecido y por mi cuerpo recorrian impulsos fríos, molestos, corrientes de tensión y desconexión. No registré el tiempo que estuve sentada en la cama de mi habitación, simplemente pensando, divagando, mi mirada perdida en el blanco ocre de la pared. El pueblo al otro lado de mi ventana, un pueblo oscuro, quizá caótico, con las cicatrices de la guerra visibles incluso en la distancia y su oscuridad opacando el propio sol. Un pueblo que vivía en las sombras y en el cual yo jamás sería feliz.

Me paré y me miré al espejo. El largo cabello rubio cayendo lacio hacia los lados de la cara, la piel tan blanca, las manos manchadas de tinta y, de pronto, esos ojos azul profundo que me devolvieron la mirada. Mi mirada, en la cual noté algo que me sorprendió profundamente: había esperanza. No esperaba reflejar un sentimiento tan poderoso, pero allí estaba, en mis propios ojos y no iba a dejarlo morir tan fácilmente. No sin luchar.

Jamás imaginé que mis padres me apoyarían como lo hicieron. Eran personas increíbles, de mente muy abierta y eso era inusual dentro de este pueblo. Mi padre había sido el primero en entenderlo, sin dudas deseando para mí una vida mejor. Comprendía que era un riesgo que yo estaba dispuesta a tomar y que tendría una mejor oportunidad de lograrlo si sabía que él me apoyaba.

Contactaríamos a mi tía Charlotte, hermana mayor de mi padre, quien residía en Argentina desde hacía más de una década. Había viajado allí en busca de mejores opciones laborales. Se encontraba con un empleo estable y bien asentada, con una casa propia que compartía con su esposo y su único hijo. Eso era todo lo que sabíamos de ella desde su última carta, y lo único que nos quedó fue esperar que su situación siguiera igual.

Entonces le escribí una carta, preguntando si me aceptaría, sabiendo que ella era mi única opción y la mañana del 12 de noviembre de 1949 recibí su respuesta. Al abrir la carta y leer que podía recibirme en su hogar mis ojos se llenaron de lágrimas, tenía 20 años y toda una vida por delante. Abracé a mis hermanas, compartí cada momento con mis padres y renuncié a mi trabajo en la editorial. No me fui sin antes prometerles que nos volveríamos a ver, que volvería a abrazarlos y que siempre nos amaríamos sin importar la distancia.

El día de mi partida estaba muy nerviosa, mi piel más pálida de lo normal, mis músculos tensados incómodamente y otra vez esos molestos escalofríos. Recogí mi cabello como mi madre me había enseñado desde pequeña y me vestí con ropas simples, nada llamativo.

Mi hermanita Gisela se me acercó y noté lo rojizos que estaban sus ojos y sus labios y que había estado llorando, se acercó aún más hacia mi y me envolvió en un abrazo, su respiración irregular estrujando su pecho contra el mío y los sollozos escapando de sus labios. Rosalinde no tardó mucho en acercarse y unirse al abrazo y así nos quedamos un buen rato, memorizando el sentimiento de nuestras presencias en esa pequeña habitación.

“Viel Glück, liebe Schwester”.

Para iniciar mi gran viaje debía huir hacia Alemania occidental. Partí de mi casa al caer la noche, con los últimos rayos del sol. Mi pueblo se encontraba a unos 20 km de la frontera, 20 km que recorrí a pie durante toda la noche cargando mis bolsos y mi mochila. Había micros que llevaban allí, pero eran revisados por soldados y yo no estaba autorizada.

A la mañana siguiente el sol estaba dando su primera presencia con los colores anaranjados del alba cuando vislumbré la colina que debía cruzar para alcanzar la frontera. Nunca había estado tan cansada en mi vida, me faltaba el aire y el frío de la noche me había congelado, ahora penetrando aún más con la suave brisa matutina. Con las fuerzas que me quedaban, crucé la colina y traspasé la cerca que me separaba de mi destino.

Continué por un pequeño sendero, me estaba empezando a marear. El toque del sol era cada vez más fuerte y se me haría difícil aparentar que pertenecía a este otro pueblo por el estado en el que me encontraba. Todos se veían ocupados, personas yendo y viniendo a lo largo de la calle y nadie pareció notar mi presencia. Pero dejé de respirar cuando una señora se me acercó cuidadosamente y lo que me susurró al oído me detuvo el corazón.

“Eres de la otra Alemania, no es así?” No pude reaccionar y tampoco detener mi mirada, que se encontró con esos ojos claros, delatores. La mujer no esperó respuesta y me abrazó susurrando en mi oído “Tranquila, esto es lo que haremos. Por aquí pasan soldados en vehículos y también hay un puesto. Si te detienen, puedes decir que eres mi prima. ”

Pude respirar otra vez al saber que no estaba sola. Asentí con la cabeza y la acompañé a su casa. Conversamos sobre la información que necesitaría para que pudiera mentir a los soldados si me detenían. Me dejó quedarme con ella durante unos días. Terminé mi estadía sin saber cómo agradecerle a esta mujer y retomé mi camino hacia Frankfurt, donde una pariente de mi madre me acogería durante unos meses para que yo pudiera trabajar y emigrar hacia la Argentina legalmente y con permiso.

En Frankfurt la vida era diferente, mejor. Encontré trabajo en mi oficio. Al huir de mi casa viajé sin un centavo. No podía dejar libre la posibilidad de que el ejército en Alemania occidental encontrara a una joven con dinero proveniente de la otra Alemania.

De alguna extraña forma, me sentía alegre y ansiosa, más liberada que antes y porque la peor parte había pasado. Mi tía había pagado mi pasaje, y la fecha de embarque coincidía con el cumpleaños de mi madre, el 14 de abril de 1948. Esa extraña coincidencia me hizo revolver el estómago. Pensé en mi familia, intentaba no hacerlo porque el pensamiento regresaba convertido en un sentimiento de oscuridad. Ese vacío en mí que podía llenarse de libertades y esperanzas podía ser reemplazado por dolor y soledad muy fácilmente.

Acostumbraba apretar el dije en la cadena alrededor de mi cuello entre mis manos para sentirme acompañada. Dentro del mismo se encontraba mi retrato familiar, el único que teníamos, que me hacía recordar que no estaba sola en esto y había sido mi decisión en primer lugar. No estaba sola, jamás lo estaría.

Llegó el dia de mi embarque en Hamburgo. El barco era muy sencillo, hecho para transportar una gran cantidad de personas, en cabinas donde viajaban hasta 30 pasajeros. Consecuencias de la guerra. Muchos buscábamos ese nuevo y esperanzador horizonte.

La atmósfera del barco era calma y tranquila, extremadamente silenciosa. Al pisar puerto el sonido fue lo primero que me aturdió, tantas voces. La llegada del barco había sido recibida con fuertes aplausos, voces gritando nombres, saludos, pañuelos flameando en el aire, pertenecientes a cientos de personas esperando a sus familiares, amigos y viajeros.

Pidieron los documentos de inmigración y los entregué con un estremecedor sentimiento de felicidad. Me los devolvieron con una inclinación de cabeza y me dejaron bajar al puerto. El pánico amenazó con apoderarse de mí en varios intentos de encontrar a mi tía entre tantas personas. Incansables minutos de búsqueda hasta que finalmente la vi y corrí a abrazarla. Un abrazo en esos momentos era todo lo que yo necesitaba. Estas tierras me recibieron con los brazos abiertos. Y me dieron todo. Un techo, el cariño de mi tía, un trabajo y al gran amor de mi vida y padre de mis dos hijos.

Necesito levantarme, tomar aire y secar las lágrimas que no puedo evitar que aparezcan al pensar en él. Aún siento a veces la risa de Hans por la casa, su canto en la mañana, veo su rostro de satisfacción con lo logrado en la vida que compartimos. Daría todo por volver a escuchar el hermoso poema que me recitó al proponerme matrimonio. Tomo aire profundamente y me siento, tomo la pluma nuevamente…

El reencuentro con mi familia no fue sino veinte años después de mi partida. No podíamos pagar cuatro pasajes y solo pudimos viajar mi hijo Bernardo y yo. Mi padre no estaba bien de salud y verlos luego de tantos años me llenó de recuerdos y nostalgia. Su comida cálida que sabía a hogar y sus abrazos y cariños que se sentían como antes.

A un mes de nuestro regreso, el ángel de la muerte se llevó a mi padre, evitando así que conociera a mi esposo, y a mi madre un año después. Lloré sus muertes desde la distancia y en una carta envié a mis hermanas el relicario con el dije de nuestra familia para que descansara con ellos.

Envejecí junto a mi esposo y mis hijos, que luego formaron sus propias familias y trajeron a la vida a mis cinco hermosos nietos. Esto era todo lo que yo quería y había deseado.

Hans fue la luz de mi vida durante 62 años. Cuidaré de su memoria por siempre, la de mi querido Hans.

Fin

Alzo la vista y ya la luz del sol no es la misma. Han pasado horas desde que comencé a esbozar estas memorias de mi vida sobre la hoja de papel frente a mi. Ojalá sirva a la jovencita que me pidió escribirla para su composición, y ojalá pueda su generación liberarse de esta nueva oscuridad.

Dios quiera sean estas líneas testimonio de que se puede. La libertad debe buscarse. Por fuera, por dentro, con esperanza y amor.

FIN


Eugenia Nuñez

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